Estando en el vestuario del gimnasio al que suelo ir, presencié una escena que me condujo de forma involuntaria a una reflexión que comparto en este artículo.
Sucedió que un señor bien entrado en años, calculé que superaba los ochenta años, salió caminando con cierta dificultad desde la zona de las duchas hacia el banco donde había dejado su ropa. Tras una fugaz sensación de empatía hacia él, yo continué colocando mis cosas en la taquilla, sin prestarle más atención.
Mi taquilla estaba próxima al banco donde comenzó a vestirse. Llevaba una toalla enrollada a la cintura que le llegaba hasta la altura de las rodillas. Mientras yo intentaba sacar el champú del neceser, me pareció que el hombre se tambaleaba. Al mirar hacia él, comprobé que estaba perdiendo el equilibrio al intentar ponerse la ropa interior por debajo de la toalla.
No pude evitar seguir observando la escena porque por momentos tenía la impresión de que terminaría cayéndose al suelo. Finalmente, tras gran dificultad, bastante tiempo y un par de momentos de tensión para ambos, consiguió su objetivo de colocarse la ropa interior sin mostrar ni medio centímetro de sus partes íntimas. En el vestuario solo estábamos él y yo.
Sin pretender extrapolar este caso concreto pues desconozco sus razones personales, sí creo que ilustra una situación que continúa siendo bastante habitual.
Entonces me hice una pregunta.
¿Qué puede llevar a alguien a priorizar el pudor frente al riesgo?
Yo habría esperado que, con toda la experiencia acumulada a lo largo de una extensa vida, la cuestión del cuerpo la hubiera resuelto hacia el lado de lo que realmente es, simple anatomía. Sin embargo, aquella escena parecía decir justamente lo contrario.
¿Es tan profunda la impronta cultural y la educación recibida como para que ni siquiera el paso de los años consiga disolver determinados tabúes relacionados con el cuerpo? Desde mi punto de vista es una cuestión muy interesante. Si repasamos el origen histórico de la vergüenza corporal, con intervención divina incluida, y su evolución a lo largo del tiempo, me inclino a pensar que la respuesta es afirmativa. La huella que dejan en la mayoría de las personas es difícil de borrar. El desarrollo, la modernidad, la tecnología han ido permitiendo que dejemos atrás muchas de las creencias y comportamientos heredados del pasado en favor de una mayor libertad individual, pero este tabú en concreto se nos resiste.
Tal vez esa resistencia explique algunas contradicciones que observamos hoy en día. Mientras el desnudo compartido pierde cada vez más presencia, como refleja, por ejemplo, la progresiva reducción de espacios naturistas en favor de los textiles, otras formas de mostrar el cuerpo se han normalizado completamente. Resulta llamativo que muchas mujeres jóvenes utilicen bañadores tipo tanga con total naturalidad mientras, entre los hombres jóvenes, ocurre casi lo contrario, los bañadores tienden a alargarse cada vez más, en ocasiones hasta cubrir gran parte de las piernas e incluso ir acompañados de ropa interior debajo.
Estas contradicciones podrían dar pie a otra reflexión distinta sobre el papel que siguen desempeñando las modas y los estereotipos y si determinadas formas de sexismo continúan presentes en nuestra sociedad, aunque hoy se manifiesten de manera mucho más sutil, precisamente porque conviven con un discurso que reivindica la igualdad entre hombres y mujeres.
Yo, por mi parte, sigo recordando a aquel hombre haciendo lo que, en mi cabeza, terminó convirtiéndose en el «baile de la toalla». Y todavía me pregunto qué pesa más en nosotros: la realidad de nuestro propio cuerpo o las ideas que hemos aprendido sobre él. Si una convicción puede llegar a imponerse incluso al sentido práctico o a la propia seguridad después de toda una vida, quizá merezca la pena preguntarnos cuántas de nuestras decisiones seguimos tomando por costumbre y cuántas porque realmente las hemos elegido.
Este artículo ha sido escrito por nuestro socio y secretario: David González. El autor es responsable de la originalidad del texto y de la veracidad de la información presentada.









